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Adelaida en el Pullman



Antes de salir de casa, Adelaida se aseguró una vez más de que no se le marcara la línea de los calzones contra el pantalón.


Era la cuarta cosa que pensaba todas las mañanas. La primera era si había dejado el gas abierto. La segunda era si había apagado la cafetera. La tercera era si le había puesto comida al gato; y la cuarta era si se le marcaba la línea de los pantis a través del pantalón.


Según le había enseñado su madre, había ciertas cosas que marcaban la diferencia entre una persona ‘bien’ y una persona ‘mal’. Por ejemplo, para ser una persona bien, era de extrema importancia jamás limarse las uñas en público. Era importantísimo cerrar las piernas al sentarse. De vida o muerte era jamás masticar chicle por la calle, y solo una persona absolutamente horrible y criada por animales se atrevería a hacer ruido al masticar.


La lista de cosas que había que evitar para evitar que los demás se llevaran una “mala impresión” era interminable. Adelaida se concentraba en la línea de los pantis. Para ella, por alguna razón inexplicable, si la impúdica evidencia de su ropa interior era borrada, todo lo demás caía en su lugar.


Cuando no tenía la regla, el problema se solucionaba con una tanga. Pero en días como estos, cuando su útero se exprimía con tanta violencia que debía cambiarse el tampón cuatro o cinco veces al día, además de usar una toalla higiénica extra gruesa para evitar posibles manchas, una tanga era impensable.


En días como este debía usar los calzones de abuela que había comprado en la farmacia de la esquina. Los más baratos, y los más feos, porque a sus 26, Ade parecía ser incapaz de sobrevivir a la semana de la regla sin arruinar al menos un par de calzones.


Se miró en el espejo la última vez, de lado, tratando de disimular la panza hinchada, por delante, sacando pecho para disimular el estómago, por detrás, para asegurarse que no existiese ninguna posibilidad de que su condición quedara en evidencia.


‘Me gustaría estar embarazada’, pensó Ade. ‘Al menos así no me vendría más la regla’.


Suspiró. Por supuesto que no se iba a embarazar. Ni estúpida que fuera. Además, para hacer un bebé se necesitaba un marido, o un novio. O al menos un hombre.


Su mamá se estaría despertando dentro de poco, haría café e inmediatamente le enviaría un mensaje de texto preguntándole si ya había llegado al trabajo.


Adelaida no podía evitar sentirse un poco patética al pensar que seguía siendo su mamá la que le escribía sin falta para saber cómo estaba, sentimiento seguido automáticamente por una culpa terrible, que cómo una araña tejía una tela alrededor de su autoestima. Adelaida cerró los ojos, respiró, esperó que la telaraña se endureciera y ella pudiera comenzar a tejer una nueva capa de sentimientos encima.


Afuera la ciudad se extendía como un monstruo gris que se tragaba carros entre la niebla, peatones apresurados que parecían ir cada uno por su propia autopista, completamente indiferentes a las demás seres a su alrededor. Uno que otro perro.


Las prostitutas de calle en ropa interior, con cigarrillos colgando de los labios, jóvenes, viejas, blancas, negras, gordas y flacas, un sabor para cada gusto, una cómplice para cada deseo secreto que se alimentaba dentro de cada macho de la ciudad. Machos que probablemente no se merecían dicha complicidad.


Adelaida a menudo se preguntaba qué había sido diferente, que luz la había iluminado a ella para estar en camino hacia un trabajo de oficina en lugar de estar parada en la calle con las tetas afuera, esperando que algún hombre estuviera lo suficientemente solo, descarriado, o desesperado, como pagar para que una mujer extraña se lo llevara a la cama. Adelaida se preguntaba qué fuerzas la habían hecho mujer y no hombre, y si esas fuerzas se darían cuenta de la magnitud de sus decisiones.


El autobús frenó bruscamente, haciendo que la masa humana se balanceara de un lado para el otro, en una grotesca danza completada por las miradas vacías, y la tos seca ocasional.

Con los auriculares embutidos en las orejas, y el concierto número 4 de Chopin rebotando en sus tímpanos, Adelaida cerró los ojos contenta de que su silla estuviera al lado de la ventana y no del corredor. Se recostó contra la pared del pullman, su bufanda de lana hecha un rollito entre el cuello y el hombro, y cerró los párpados, pensando en dormir los 45 minutos de trayecto entre su casa y su oficina en el centro de la ciudad.


El zeitgeist melancólico de la ciudad se complementaba bien con la nostalgia dulce de Chopin. Adelaida la veía aún con los ojos cerrados.





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