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Cada mujer es una isla

Aggiornamento: 1 lug 2021










Era increíble la cantidad de diferencia que hacía un poquito de maquillaje. Annalisa se miró nuevamente al espejo y pasó las yemas de los dedos sobre sus mejillas para difuminar un poco más el rubor.


No tenía una cita, ni siquiera tenía que ir al trabajo. Pero cuando se sentía un poco triste, o nostálgica, a Annalisa le gustaba maquillarse, repasar la línea de sus ojos con el lápiz negro, ponerse pestañina, y pintarse los labios de violeta oscuro. Le gustaba mirarse al espejo así, e imaginar que era otra persona, o más bien, que era ella misma, pero en otro mundo, un mundo paralelo en el que se había crecido para convertirse en una femme fatal, una mujer poderosa, sexy, misteriosa, una cantante de cabaret que dormía de día y salía de noche, como una vampiresa, a devorarse la ciudad.


La verdad, Anna vivía plagada por el sentimiento, el pensamiento constante de estar desperdiciando algo, tiempo, vida, juventud, no sabía exactamente que cosa, pero la sensación de ser un animal acorralado se extendía sobre su cuerpo todas las mañanas con el despertador, y las paredes se volvían más estrechas a su alrededor. Cumplir con las tareas, asistir al colegio, que diría la familia, si eres un fracasado, y usa siempre zapatos, no hagas ruido en la mesa, una medias veladas, y corbata en las fiestas...

Ve al colegio, saca buenas notas, crece sin hacer mucho ruido, se una adolescente juiciosa. Ve a la Universidad. Encuentra un trabajo, consigue un marido y ahí es que empieza la vida, ahí es que te encuentras contigo misma, cuando no eres más ya ese amalgama de identidades externas, sino que eres por fin una Mujer, alguien que es ella misma, con sus hijos propios, su carro, su casa, su beca. Debería haber sido simple. A Annalisa le parecía absurdo ahora haber creído que los pasos iban a seguir uno detrás del otro, como una escalera, como una hoja de ruta bien diseñada, cuando en realidad, la vida era más como un salón de espejos, donde en cada reflejo se encontraba una ilusión y en cada ilusión una mentira.


La parte que más le dolía era la del hombre y la familia. Esa era la recompensa, esa era la meta. Estudiar. Ser juiciosa, ser una niña bien, todo debía llevar directamente a esa felicidad extrema que venía de ser el eje de un mundo pequeño, de una familia. Ser Mamá.


Anna no se sentía el eje ni siquiera de ella misma. Se sentía a la deriva, un barquito de vela perdido en un océano oscuro, rodeada de buques de guerra y yates, todos más grandes que ella. A pesar de todo, a pesar de que odiaba admitir su propia debilidad, no podía evitar pensar que tal vez la mejor idea sería atarse a sí misma a otro barco, al barco de un hombre que ojalá tuviera una armadura y cañones de guerra, alguien que pudiera protegerla de los vientos terribles que amenazaban con volcarla todo el tiempo, de los tiburones que esperaban bajo la superficie para devorarla.


Su barco estaba desprovisto de armas. En cualquier momento se podía ahogar.

Pero el maquillaje ayudaba. Era como ponerse una armadura, convertirse en alguien más fuerte, alguien capaz de vivir sola como una mujer en un mundo hecho para hombres.

Tengo miedo de usar mis armas, pensó mientras se repasaba nuevamente la línea de los labios y retocaba la base sobre la punta de la nariz. Era como si alguien hubiese robado y descartado la llave a su arsenal. Todo lo que necesitas está aquí, y no puedes tocarlo.


Ser una buena mujer era casi equivalente a ser casta, o ser sexual solo en privado. Ser una buena mujer era cubrirse. Era esperar a que los hombres vinieran a ti, y cuando se iban, aceptar su voluntad sin chistar.


Ser una buena mujer era ser suave, como la virgen. Ser maternal, ser dulce.

Esas también eran armas, pero Annalissa no podía evitar pensar que estaban siendo usadas en contra de ella, por una fuerza opresiva y omnipotente, que ella no podía terminar de entender.


Sacó un corpiño de encaje negro de su cajón secreto y se acomodó las tetas para que pareciera que estaban a punto de regarse fuera de las copas, como agua sagrada. Se puso medias veladas y un liguero, tacones y una tanga de encaje y se recostó lánguida en la cama, mirándose al espejo, admirando las formas de su cuerpo.


¿Por qué esconder tanta belleza? Era una lástima que se viera obligada a esconder su cuerpo por culpa de los hombres que la hacían sentir incómoda por la calle, o de las mujeres que la miraban de reojo en la oficina, juzgándola, preguntándose entre ellas a cuál de los jefes se quería levantar, sin considerar, ni por un segundo, que tal vez no estaba tratando de levantarse a nadie.


El sentimiento de estar atrapada la invadió de nuevo, pero luego respiró y pasó los dedos sobre la seda suave de las medias, tocó el encaje del liguero, arqueó la espalda y se miró a sí misma a los ojos, admirando la largueza de sus pestañas, el arco de su boca, la forma de su mandíbula y el hueco que se formaba entre sus clavículas.


Ella era su propio testigo. Ella se veía a sí misma, así nadie más la viera. Los hombres la usaban, las mujeres la juzgaban, pero ella se tenía a sí misma. Dentro de su barquita de madera, había un trasfondo de acero, una esquina indomable que esa fuerza que la oprimía no podía tocar. No, no era acero. Era más como una llama, una chispa apenas prendida que ella protegía con celo del viento y del agua. La protegía así, en estos momentos de perfecta soledad, cuando podía ser total y simplemente, ella misma. Cuando podía sentirse linda sin sentirse culpable, o usada. Cuando podía disfrutarse, sin que eso quisiera decir que era una mujer fácil, o una baracunata, o una loca con sed de atención. En esos momentos era solo ella, Annalisa, y la llama subía azul y amarilla hasta llenarla toda, calentándola en el fuego de la vida, hasta que el peso de las expectativas de los demás la llenara de agua de nuevo.


Quisiera ser valiente, pensó. Quisiera poder ser sin pensar tanto. Quisiera realmente poder desembarazarme de los que piensan los demás.


¿Qué te importa lo que piensen los otros? Mucho, me importa mucho. Porque no quiero ser una isla. Quiero ser un continente. Quiero la felicidad que se me prometió.


La realización de lo que quería la atrapó como un rayo, y se sentó derecha en la cama. Anna no quería un hombre, una familia, un carro y un apartamento propio. No en sí mismos. Quería ser feliz.


Solo los idiotas son felices, solía decir su padre. Anna se rio. Era difícil imaginar un ser más infeliz que su padre. Tal vez él, como ella, había estado buscando la felicidad en el lugar equivocado. Tal vez felicidad equivalía solo a la ausencia de miedo.

Eso es lo que le había dado Leandro, pensó.

Con Leandro se le había quitado el miedo a hacer cosas que se salían del guion. Había fumado marihuana, se había tragado una pastilla de éxtasis, había desaparecido durante días en el bosque.

Pero todo porque estaba él, su roca a la que podía aferrarse cuando la corriente se volvía demasiado fuerte. Con la punta de la lengua, había saboreado la libertad, pero era una libertad prestada, de otro, otro que se la había llevado apenas le había parecido, dejándola a ella dentro de su prisión de sí misma, sin un manual, un set de instrucciones sobre como romperla.


El sol caía, el viento de los cerros entraba a través de la ventana entre abierta; la piel de los brazos se le erizó. Algo nuevo trae el viento de los cerros, solía decir su madre.


¿Cómo se hace para dejar de tener miedo? ¿Cómo me vuelvo mi propia isla?



Anna sacudió la cabeza. A lo lejos, maulló un gato.



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