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Personas Porcinas

Aggiornamento: 11 dic 2020

El club estaba decorado con luces blancas y diminutas enrolladas en los troncos y las copas de los árboles, farolitos blancos colgaban entre las altas columnas y flores blancas con velas en el centro flotaban en la fuente. Una brisa suave movía las ramas, el aire era cálido. Las voces pululaban a mi alrededor, olía a jazmín y a lavanda. Desde la gran terraza se veía el mar, y un arpa amenizaba el crepúsculo al ritmo del viento.

Izabella brillaba en su vestido plateado y vaporoso.

¿Cuántas personas usarán plateado el dia de su boda? – me pregunté.

La voz de El Jefe resonaba en mi cabeza:

A Gabriela le faltaba una mano. Luisa tenía una cicatriz roja que le atravesaba la cara desde la oreja izquierda hasta el mentón.

Cerré los ojos y escuché el roce del viento contra el tul de mi falda. Cuando los volví a abrir, el mundo seguía igual. Una camarera me ofreció un canapé de brie y pera.

La voz de El Jefe seguía sonando.


Llegará el momento en que tengas que decidir qué camino vas a seguir. Aquí te quedas en el camino que escojas.


Mi corazón latía lento y pausado. Tomé un sorbo del líquido dorado que flotaba en mi copa y miré con atención los guantes de satín blanco que cubrían mis manos.

Hacía muchos años que ellos eran más inteligentes que nosotros. Más capaces. Pero nosotros éramos una raza más vieja. Sabe más el diablo por viejo que por diablo.

Los Cerdos nos odiaban.

Nos comían.

A nuestros bebés.

Una mano. Un ojo. Una pierna.

Izabella me miró de soslayo y sonrió.

El día que un cerdo cocine y se coma a una vaca, mátalo.

Ese es el primer síntoma de evolución. Carne cocida.


La vida aprende. Los Cerdos ciertamente aprendieron de nosotros. Aprendieron mucho. Y después de la explosión de la fábrica en Northtrop no había manera de des-hacer el daño. Se volvieron grandes, enormes. Se volvieron Personas Porcinas. Algunos inclusive intentaron establecer un dialogo con los humanos. Esos fueron los primeros en morir.


Pero nosotros estabamos demasiado ocupados como para ver lo inminente del peligro. Las milicias de extrema derecha en EEUU se dedicaron a quemar santuarios animales, le hicieron cosas horribles a las personas que estaban allí. Nunca se les ocurrió que los cerdos fueran una amenza real. Estaban demasiado enamorados de su propia hubris, embriagados de un poder que creían ilimitado. Luego vino la Gran Desertificación y las migraciones masivas, las masacres en la frontera sur y finalmente, el estallido de la guerra en las grandes ciudades.


Del caos salimos maltrechos. El Jefe, tan parecido él mismo a uno de ellos, fue quien me encontró cuando todavía no me podía sostener sobre mis piernas, (el bocado preferido de los Cerdos eran los infantes de dos a tres años). Le debía mi vida. Le debía todo.


Sin embargo, ahora que debía tomar una desición, ahora que debía tomar mi lugar en el ejército de la Humanidad, dudaba. Viendo a las personas a mi alrededor, como seguían intentando desesperadamente agarrarse a un mundo que ya no existía, no estaba segura. Dudaba.


El Jefe me miraba desde el lado opuesto del balcón, y sus ojos me dijeron todo lo que tenía que saber:


O estás con nosotros, niña... o eres comida.



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