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El Martes por la tarde

Esa tarde, Carlos salió temprano de trabajar. Cuando atravesó el umbral de la puerta principal llamó a su María, su mujer, pero no respondió nadie.

María solía estar en casa a esta hora, pero Carlos no le dió muchas vueltas al asunto. Últimamente andaba como distraída, se sobresaltaba cada vez que oía un ruido, parecía muy nerviosa. Carlos le había preguntado un par de veces cuál era el problema, pero ella se había negado a decirle nada, lanzando miradas furtivas de un lado a otro como si tuviera miedo de que alguien la estuviera escuchando. Las mujeres están locas, pensó él, y lo dejó de ese tamaño.

Con el ceño fruncido encendió la televisión, dispuesto a relajarse con un buen partido de fútbol. Carlos se dio cuenta de que sus axilas sudaban profusamente, a pesar de que eran las 8:00pm de una noche de marzo. Se presionó el puente de la nariz entre los ojos con el índice y el pulgar.


La casa estaba silenciosa. El motor de la nevera, del cual tanto se había quejado María, había dejado de sonar por primera vez en años.

Aflojando la corbata y con la frente brillante de sudor, Carlos entró de nuevo a la cocina, esta vez asegurándose de mirar bien a su alrededor.


Ahí, sentada con las piernas cruzadas frente al horno abierto de par en par estaba María. Su pelo negro se le pegaba a frente. Estaba completamente desnuda.

Sus ojos miraban perdidos hacia adentro de las fauces amenazantes del horno. A pesar del calor, un frío recorrió la espalda de Carlos.


-No se suponía que llegaras tan pronto.


Los ojos de María estaban vueltos hacia él, pero no eran los ojos que él conocía, sino unos escalofriantes pozos completamente negros, sin pupilas ni esclera.

El terror lo paralizó por un segundo, y después su cuerpo reaccionó. Un grito aterrorizado salió de sus labios y se tropezó con la silla de la cocina cayendo de bruces contra la baldosa, golpeándose la cabeza.

María comenzó a cantar una nana dulce y triste. De la boca abierta del horno, salieron tres pequeños humanoides de dientes afilados y ojos encendidos, que cantaban la misma canción, con voces agudas y distorsionadas.

-Mis bebés -Dijo María -¿Quieren conocer a papito?



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