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La importancia de tender la cama






Annalisa se levantó a las seis y media de la mañana el lunes dos de enero de 1984 con la voz del locutor leyendo las noticias “... Militares radicales derriban el régimen democrático en Nigeria. Un grupo de militares radicales derrocó en la noche del pasado viernes el régimen civil del presidente Shehu Shahari…”


Con la misma rabia que le daba siempre tener que levantarse, Annalisa dejó caer pesadamente la palma abierta sobre el botón rojo del radiodespertador. La voz se cortó abruptamente. Anna dedicó un momento a escuchar los sonidos a su alrededor. El run run de los automóviles en la autopista siete pisos abajo. Las voces ahogadas de los vecinos del piso de arriba peleando, como siempre. En la cocina, el motor del refrigerador.


Hacía frío en el apartamento, pero era un frío extraño, diferente. Perpleja, Annalisa se tocó las axilas. Estaban empapadas. Toda su espalda escurría sudor, un escalofrío le recorrió la espalda. El aire frío se estrellaba contra su piel encendida.


Con la sensación de estar aún soñando, Anna se alzó de la cama, plantando los pies desnudos firmemente sobre la baldosa helada de su cuarto.


Cuanto odiaba este piso frío, esta baldosa de cocina en su cuarto, donde los pisos deberían estar cubiertos de tapetes mullidos, algo más cálido, más… cozy. Ugh. Era lo peor, cuando no lograba encontrar las palabras en su propio idioma.


Era profesora de inglés desde hace unos años, y aunque al principio había parecido todo una aventura, vivir sola en un apartamento destartalado en el centro de la ciudad, salir a trabajar todos los días, coger un bus y crearse a codazos un espacio entre la muchedumbre apretada como sardinas enlatadas; todo lo que al principio había parecido tan adulto y tan especial ahora tomaba de nuevo el tinte de la rutina, de lo que toca hacer.


La vida libre de adulto se parecía cada vez más a la prisión del colegio. Nada había cambiado excepto por el hecho de que al menos ahora, podía darse el lujo de tomarse una cerveza después de las seis, cuando el sol ya había caído y las nubes coronaban los cerros con ese gris que ella sentía permanentemente asentado sobre su corazón.


La madrugada seguía siendo la misma. Lo que más quería Anna en su vida era no tener que levantarse temprano.


¿Qué querés? Preguntó una voz dentro de su cabeza. Era la voz de Ignacio, como siempre. Su acento argentino, de Buenos Aires escurriendo deliciosamente cada erre, cambiando las ‘ll’ y las ‘y’ por una ‘shh’, haciendo de cada palabra una explosión de sensualidad, y ella se derretía de solo recordarlo. ‘Háblame en argentino’, le rogaba tantas veces, y él se reía, ‘pará, loca, pará, que decís, y Annalisa no sabía si él se daba cuenta de que tenía su corazón entre las manos, que con cada palabra le cortaba un poco más el aliento.


Pero Ignacio ya no estaba, y lo que sí estaba era otro día de lo mismo delante de ella, otro día de convencerse a sí misma de que todo esto tenía un propósito más allá de simplemente existir. Respirar oxígeno y expulsar dióxido de carbono. La atmósfera está hecho casi toda de nitrógeno. Tomamos lo que necesitamos. El resto se queda.


Nada es lo que debería ser.


Tenía que dar una clase a las siete y media en un instituto de lenguas en la 116 con 17. Sacudió la cabeza y se levantó de la cama. Era hora de hacer café.


Después del café, el día seguiría adelante.


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