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Los últimos días del Presidente

Lukashenko miró por la ventana hacia la calle donde muchos metros abajo, los protestantes se habían reunido con banderas blancas y rojas, unidos en su indignación contra el.


-Nadie está dispuesto a perdonar a quien lo ha dado todo, - dijo para si mismo.


-¿Señor? - La voz era la de Sergei Preobrazhensky, su secretario personal.


Lukashenko salió de su ensimismamieto melancólico y arrancándo la mirada de la ventana se volvió hacia Preobrazhensky con su usual sonrisa de zorro viejo en los labios.


-¿Que es Belarus para ti, Sergei?


El secretario cambió el peso de su cuerpo de la pierna izquierda a la derecha y tragó saliva.


-Es mi país, señor.


-Un país es solo un pedazo de tierra. Un pedazo de tierra no tiene ningún valor de por si. Solo nosotros decidimos que tiene valor y que no. ¿Entiendes?


Sergei miró de izquierda a derecha.


-Si, señor.


Volviéndose de nuevo hacia la ventana, Lukashenko cruzó las manos detrás de la espalda, y después de una pausa continuó:


-Belarus es mi amante, mi esposa, mi hija, mi madre y mi mismo también. Dejar ese país en manos de aquellos que lo convertirían en un peón más del oeste, en manos de aquellos inocentes que aún creen en la mentira de la democracia... si, si, jugamos el juego, tuvimos las elecciones, y así nos quitamos a los moralistas de encima... teníamos un trato, Belarus y yo. Éramos cómplices... ¿Acaso no entienden que nuestro país no es más que una moneda de cobre en el juego de los grandes? ¿Acaso son tan inocentes de pensar que existe tal cosa como la igualdad, la libertad, y la fraternidad entre y para todos?


Sergei no respondió. Lukashenko movió tristemente la cabeza, pero cuando levantó la mirada, sus ojos brillaban con una determinación fría, intensa.


-Quieren que me vaya, mi querido Sergei, pero me temo que están equivocados. ¿Acaso un buen padre abandona a sus hijos cuando se rebelan contra el?


-No, señor, respondió el secretario con gravedad.


Lukashenko lo miró con dulzura.


Con pasos lentos y decididos se dirigió hacia la puerta. Tenía mucho trabajo por hacer.



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