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Personas Porcinas: Capítulo 6




Nando corría como nunca había corrido en su vida, desesperado, sin mente, sin nada excepto el fuego en sus piernas, la fuerza de los músculos que lo llevaban lejos, muy lejos, cada vez más lejos, no importaba a donde mientras no fuera allí. El pánico era su gasolina, su única razón de ser. Era de noche y él corría a través de la desolación, consciente solo del hecho de que atrás estaban ellos, gruñendo sus grotescas risas porcinas al lado de los cuerpos torturados de Aleisha y Suti y Seimael.

Había quedado solo él. Esa noche, sin previo aviso la puerta de metal había sido dejada abierta, los corredores conspicuamente desolados, y él había escapado sin hacerse más preguntas, sintiendo solamente la desesperación absurda que le gritaba que nada importaba excepto existir en un lugar que no fuera ese lugar. El dolor físico era algo a lo que Nando había creído estar acostumbrado; pero nada hubiese podido prepararlo para lo que había visto dentro del cubo de concreto de los puercos. Ni en sus peores pesadillas cuando estaba siendo procesado vivo en una fábrica de carne había sentido tal miedo. Tal abandono. Indiferencia absoluta.

Fueron los humanos los que crearon a los cerdos, eso era claro. Los humanos que durante milenios habían criado y vivido con los cerdos, nunca habían pensado que los cerdos podían comenzar a aprender. Y cómo buenos estudiantes, habían sobrepasado a sus maestros con creces.

Hablando con Ada, Nando había llegado a la conclusión de que probablemente los cerdos hubiesen evolucionado con o sin Northrop, pero no sin la guerra. La guerra lo había acelerado todo. Nando sentía sus pulmones expandiéndose y contrayéndose, su corazón retumbaba contra sus costillas. El paisaje había comenzado a cambiar. Había por fin dejado atrás la ciudadela porcina, con sus antiguos edificios humanos reconstruidos para albergar cerdos, con sus habitantes grotescos caminando en dos patas, cabello humano sobre su piel porcina, gruñidos constantes y ojos duros, fuertes, listos. A lo lejos se veían las montañas de Dur-Aknor, hacia el este las Llanuras de Conrad, después de las cuales se extendían los Bosques de los Búhos, los Pantanos de Frolenstein y más allá, la entrada secreta a la Estructura, su casa, su hogar.

El terror animal se retiraba lentamente de su mente, ahora que estaba fuera de la ciudadela, lejos de los cerdos y sus toros con sus hierros calientes, sus pinzas, sus alambres y látigos de púas largas cómo un dedo humano. Nando ralentizó el paso, pero sin dejar de correr. Aún en su estupor, su mente anonadada había guiado sus pies lejos de la Estructura, lejos de los otros. Ahora la pregunta era, ¿hacia dónde ir?

Su mente un poco más clara, Nando ponderó su situación. Parecía claro que si había escapado vivo de los laboratorios, era solo porque lo habían dejado escapar. Las razones de los cerdos podían ser múltiples. Podía ser que lo creyeran lo suficientemente desesperado cómo para guiarlos de vuelta a la Estructura. Podía ser que estuviesen jugando con él. Cazándolo. Los puercos, más que cualquier otra de las especies evolucionadas, habían adoptado la afición humana por la crueldad deliberada.

Cada paso lo acercaba más a las montañas, donde ningún humano sobrevivía solo por más de un par de días. Las criaturas de la tierra habían evolucionado en formas extrañas. Nando tiritó. Ahora que había dejado de correr su cuerpo casi desnudo se enfriaba rápidamente. Se acurrucó y escudriñó la oscuridad. Si los cerdos lo habían seguido, continuaban invisibles. Ninguna criatura hablaba en la oscuridad, excepto con sonidos iguales a los del viento, la tierra, las ramas desnudas de los ralos árboles que salpicaban el terreno casi desolado entre la ciudadela porcina y las montañas. Los ojos de Nando eran agudos, incluso bajo la tenue luz de las estrellas podía ver con claridad.

No muchos lo sabían, pero en la Estructura, bajo el mando de Izabella, los experimentos genéticos habían continuado, solo que ahora, los humanos experimentaban sobre sí mismos. Necesitaba un refugio para pasar la noche. Delante, hacia el oeste, pero aún lejanas, estaban las montañas. Al este, los puercos. Al norte y al sur nada, nada excepto tierra dura y calcificada, donde crecían apenas algunos árboles lúgubres, cómo guardianes al mundo de la muerte observaban el ir y venir de la vida sin moverse, sin hablar, excepto en su lenguaje sin palabras que hasta los Búhos habían olvidado.

Débil como estaba, Nando se arrastró. Con esfuerzo, comenzó a masajear su antebrazo izquierdo, con fuerza, dejando marcas rojas sobre su piel. Lenta y dolorosamente, una garra afilada, una sexta uña cortó su piel y siguió saliendo, más larga que sus dedos, hasta refulgir cómo una daga de marfil en la oscuridad. Sudando, con un gruñido de esfuerzo que no fue capaz de reprimir, comenzó a excavar la tierra. Nada ni nadie interrumpió su labor. Poco a poco el hoyo en la tierra creció, hasta ser lo suficientemente profundo como para albergar un ser humano. El agujero en la tierra no era más que una pobre protección contra el frío; hasta un depredador mediocre hubiese sido capaz de encontrarlo. Sin embargo Nando sospechaba que nada lo molestaría esta noche. Alguien lo estaba vigilando. Alguien todavía quería algo de él.


Y, por ahora, eso era algo que podía usar a su favor.









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